jueves, 26 de octubre de 2006
...Y el mundo se compone. Y sin embargo no pasa nada. Me emociona saberlo porque se trata de algo que percibo de inequívoca manera. El raciocinio poco tiene qué ver con ello, no operando sino como un precursor intelectual de grandes acontecimientos, mezclado con cierta clarividencia oracular, de alquimista de medioevo.
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Se siente. No hay duda. El individuo se hace consciente del momento en el que vive, el eterno presente se devela de modo histórico, a escala global, absoluta, y al mismo tiempo a un nivel personal, de individuación.
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Cosas grandes se aproximan, la niebla ya no es tan espesa y por primera vez en mucho tiempo me siento seguro fuera de la incubadora, de la falsa realidad; adaptado, con aditamentos y mecanismos evolutivos que me permiten estar aquí, navego en un mundo turbio al cual me adapto cada vez más rápido.
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Nado a mi ritmo y eso no impide que me sienta integrado, cerca de todo. y sonrío con cierta complicidad: estoy entendiendo desde adentro la forma en que opera el ser, ya no digamos el ente. Es el absoluto.
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Me alegra, me tranquiliza; me alienta a hacer cosas nuevas. Y el mundo ya no me sorprende tanto... pero no deja de fascinarme: simplemente recuerdo todo aquello que olvidado quedó cuando me obligaron a nacer. corro en céspedes que no conocía, mirando paisajes que sólo imaginé, viendo en technicolor las ideas vagas que alguna vez se atravesaron en algún sueño de infancia.
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El mundo se está componiendo. No soy yo el que cambia, el que crece, el que muere y se deja nacer. No soy yo quien avanza, no soy yo quien escribe ni quien sueña. No soy yo quien aplanó la Tierra nuevamente para que pudieras caminar con confianza. No soy yo el causante de accidentes como el nuestro, ni de coincidencias como tú. Es el mundo, ojos, es el mundo el que cambia y los deleita, el causante de que el cardios siga retumbando en la espesura, sus oceános de sangre tempestuosa. Sus tambores alineados están con ese reloj sin tiempo, sin tardes ni tempranos. Es el mundo quien hace todo esto. Yo soy sólo un inocente.
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*Texto escrito el 04 de septiembre de 2006
*Imagen: (fondo) espacio escultórico Ciudad Universitaria;
(dibujo feto) "Ágætis Býrjun" de Sigur Rós
martes, 24 de octubre de 2006
oiseau subterrain

Soy un pájaro que vuela bajo tierra.
Fui condenado a un autoexilio de humus, a una cárcel de raíces.
El temor corre por mis venas, mi sangre cuajada de dudas se encuentra.
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Perdí mi plumaje. Mi canto es el silencio, el murmullo de un hombre de polvo que se cansó de soñar mientras dormía una vida llena de inseguridades, de falsos asideros.
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Me hallaba muy profundo, despierto y difunto. Seco. Con miedo de pensarlo, de sentirlo. De imaginar. De atreverme. De volar.
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Gracias por sacarme del subsuelo.
Ojala un día pueda escribir cosas tan grandes como las que usted pinta.
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jueves, 19 de octubre de 2006
... entonces respíralo
Que no me encuentres, que no me veas. Moriría de pena y de vergüenza si me conocieras. no sabría darte una razón coherente para justificar mis desvaríos ni para salvar lo poco bueno que queda de mí.
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Que no me mires, que no me sigas. ya la culpa es demasiada para un escondite tan pequeño. no sigas buscándome, deja de sumerjirte en lo que fuí. no te aferres a la idea; no mientas, no divagues. no sigas pensando que puedes encontrarme otra vez: las puertas cerradas están y no estoy dispuesto a abrirlas. Por tu bien. Por el mío.
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Perdona mi rechazo. Mi mutismo disfraz de indiferencia. siento haberte borrado, pero creéme, lo agradecerás en un futuro cercano. Te deslizas y ya no pasa nada. Inmóvil. Inseguro. resentido. Temeroso entro al ´tunel. Hay cosas que tu no sabes. No creo que sean graves, pero no dejan de preocuparme algunas veces, sólo algunas. Otras simplemente me olvido, no pienso. No siento.
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Dejo que el tiempo corra. No sé por qué he hecho todo lo que he hecho. Y dudo. No termino de creerlo. Entonces te veo. Llegas. Sonríes. Me besas el cuello. Y todo lo que acabo de escribir puede comérselo un murciélago. Puede borrarse con el pizarrón de la entrada.
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Nada, no me pasa nada.
Informe de
Pirata Playmobil(e)
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Volando bajo tierra
El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar el pasado mes de Junio La Venganza de los Pájaros, la más reciente novela del escritor y pintor mexicano Guillermo Arrreola. En ella se cuenta una historia vista por los ojos de un hombre que se vale del recuerdo para rescatar su vida de infancia. Una serie de imágenes recrea la vida de Fernando y su percepción del mundo, un espacio rural en el que él y su familia viven siempre a merced de los pájaros, seres oscuros llenos de misterio que, junto a los fantasmas de su madre, rondan constantemente su existencia.
Narrada con diálogos a manera de prosa y con un lenguaje sencillo, aunque siempre enraizada en la metáfora, La Venganza de los Pájaros postula la idea de que nuestra existencia está siempre supeditada a los múltiples papeles que la memoria juega en ella, presentándose algunas veces como juez o verdugo, como consolador e incluso como única salvación para sopesar el presente.
Sin embargo, la memoria es traicionera: puede que se atreva a disfrazar la manera en que los hechos sucedieron, llegando al punto de inventar algunos que solo en sueños pudieron haber ocurrido. El recuerdo no respeta orden lógico, no conoce el tiempo y desafía la realidad. Quizá sea por ello que en La Venganza de los Pájaros el hilo de concordancia apenas y se distingue.
De la misma forma, Arreola nos presenta a los personajes de su historia: una niebla perpetua rodea a Fernando, a su padre, a sus hermanas, a su hermano y a su madre, de los que sólo conocemos lo esencial, los rasgos más notorios y que sirven para diferenciar a uno del otro. Caso contrario se presenta con Cornelio, Lucio y Ernestina, los tres fantasmas que fungen una labor de vigías y acompañantes para la madre de Fernando, y cuyas historias de vida son narradas con detalle a lo largo de la obra, como si ellos estuvieran más vivos que los mismos vivos.
Esta ambigüedad en el peso de los personajes, en la importancia de los hechos y en la estructura narrativa, va acompañada del que quizá sea, junto con la memoria, uno de los elementos clave del texto: se trata de la verdad, del papel que juega dentro de la historia; indudablemente se convierte en el factor que unifica el rompecabezas de recuerdos, pero no de forma convencional, sino de manera abstracta, desconcertante, manteniendo su estado latente durante toda la novela, y revelando su verdadero sentido al final, en las últimas páginas.
En La Venganza de los Pájaros, Guillermo Arreola libera a la parvada. Abre la jaula y deja que los recuerdos vuelen a placer, fascinándonos, atemorizándonos, llevándonos de la mano por rincones que, por nosotros mismos, no nos atreveríamos a visitar.
Narrada con diálogos a manera de prosa y con un lenguaje sencillo, aunque siempre enraizada en la metáfora, La Venganza de los Pájaros postula la idea de que nuestra existencia está siempre supeditada a los múltiples papeles que la memoria juega en ella, presentándose algunas veces como juez o verdugo, como consolador e incluso como única salvación para sopesar el presente.
Sin embargo, la memoria es traicionera: puede que se atreva a disfrazar la manera en que los hechos sucedieron, llegando al punto de inventar algunos que solo en sueños pudieron haber ocurrido. El recuerdo no respeta orden lógico, no conoce el tiempo y desafía la realidad. Quizá sea por ello que en La Venganza de los Pájaros el hilo de concordancia apenas y se distingue.
De la misma forma, Arreola nos presenta a los personajes de su historia: una niebla perpetua rodea a Fernando, a su padre, a sus hermanas, a su hermano y a su madre, de los que sólo conocemos lo esencial, los rasgos más notorios y que sirven para diferenciar a uno del otro. Caso contrario se presenta con Cornelio, Lucio y Ernestina, los tres fantasmas que fungen una labor de vigías y acompañantes para la madre de Fernando, y cuyas historias de vida son narradas con detalle a lo largo de la obra, como si ellos estuvieran más vivos que los mismos vivos.
Esta ambigüedad en el peso de los personajes, en la importancia de los hechos y en la estructura narrativa, va acompañada del que quizá sea, junto con la memoria, uno de los elementos clave del texto: se trata de la verdad, del papel que juega dentro de la historia; indudablemente se convierte en el factor que unifica el rompecabezas de recuerdos, pero no de forma convencional, sino de manera abstracta, desconcertante, manteniendo su estado latente durante toda la novela, y revelando su verdadero sentido al final, en las últimas páginas.
En La Venganza de los Pájaros, Guillermo Arreola libera a la parvada. Abre la jaula y deja que los recuerdos vuelen a placer, fascinándonos, atemorizándonos, llevándonos de la mano por rincones que, por nosotros mismos, no nos atreveríamos a visitar.
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