Rèves
… Ya todo había pasado: el concurso de lianas en el salón de la secundaria donde todos tomaban tequila con refresco burbujeante de esa naranja que ya no fabrican; el recreo en el patio de la primaria, cuando descubrí que tenía el cabello largo y muy blanco como el de esos caballos.
Y el uniforme nunca me quedó tan bien. De la nada apreció aquél infante Gumaro al que le regalé una caja de colores porque no tenía dinero para comprárselos. Me acuerdo que le forré la caja de amarillo y cuando se la di se puso a llorar como esos niños que reciben un regalo de quien menos se lo esperan y cuando tanta falta les hace. Gumaro era de esos niños que llegaban al salón de clases con los ojos rojos. Motivo de una reciente catarsis infantil posllorente de no querer ir a la escuela porque sus compañeritos despiadados como solo un niño puede serlo, se burlaban de sus zapatos negrises con agujeros en las puntas. Pero eso no lo soñé, eso sí pasó en la cruda y tierna infancia de primaria-pública.
Corte directo, laguna mental de tiempo y espacio indeterminado. Yo en el zócalo capitalino, comprando palanquetas con mi hermano. Todavía llevo puesto el uniforme de chicharito secundario y mi hermano lleva un cuerno rojo saliendo de la mollera. La mujer no nos regresa el cambio. Alan se pone nervioso y comienza a gritarle como nunca ha gritado esos gritos ahogados que lleva en la garganta por temor a lastimar a alguien. Entonces se acerca un soldado de la corona británica con uno de esos sombreros gigantescos negros y peludos sobre su negra y peluda cabeza.
Y me dispara justo en la frente, entre ambos ojos. Todo se ve borrosamente blanquecino y yo veo en cámara subjetiva como caigo al piso y veo con mucha más distorsión que una camada de finas y alargadas nubecillas pastan por un cielo azul capitalino inexistente.
No me dolió. No sentí miedo. No hubo sangre. Simplemente lo acepté como si realmente hubiera sucedido. Creo que algo en ese otro universo sí se murió de verdad porque casi nunca escribo lo que sueño, y menos ante una bola de coterráneos cibernéticos como ustedes.
Y el uniforme nunca me quedó tan bien. De la nada apreció aquél infante Gumaro al que le regalé una caja de colores porque no tenía dinero para comprárselos. Me acuerdo que le forré la caja de amarillo y cuando se la di se puso a llorar como esos niños que reciben un regalo de quien menos se lo esperan y cuando tanta falta les hace. Gumaro era de esos niños que llegaban al salón de clases con los ojos rojos. Motivo de una reciente catarsis infantil posllorente de no querer ir a la escuela porque sus compañeritos despiadados como solo un niño puede serlo, se burlaban de sus zapatos negrises con agujeros en las puntas. Pero eso no lo soñé, eso sí pasó en la cruda y tierna infancia de primaria-pública.
Corte directo, laguna mental de tiempo y espacio indeterminado. Yo en el zócalo capitalino, comprando palanquetas con mi hermano. Todavía llevo puesto el uniforme de chicharito secundario y mi hermano lleva un cuerno rojo saliendo de la mollera. La mujer no nos regresa el cambio. Alan se pone nervioso y comienza a gritarle como nunca ha gritado esos gritos ahogados que lleva en la garganta por temor a lastimar a alguien. Entonces se acerca un soldado de la corona británica con uno de esos sombreros gigantescos negros y peludos sobre su negra y peluda cabeza.
Y me dispara justo en la frente, entre ambos ojos. Todo se ve borrosamente blanquecino y yo veo en cámara subjetiva como caigo al piso y veo con mucha más distorsión que una camada de finas y alargadas nubecillas pastan por un cielo azul capitalino inexistente.
No me dolió. No sentí miedo. No hubo sangre. Simplemente lo acepté como si realmente hubiera sucedido. Creo que algo en ese otro universo sí se murió de verdad porque casi nunca escribo lo que sueño, y menos ante una bola de coterráneos cibernéticos como ustedes.