martes, 12 de diciembre de 2006

Rèves


… Ya todo había pasado: el concurso de lianas en el salón de la secundaria donde todos tomaban tequila con refresco burbujeante de esa naranja que ya no fabrican; el recreo en el patio de la primaria, cuando descubrí que tenía el cabello largo y muy blanco como el de esos caballos.

Y el uniforme nunca me quedó tan bien. De la nada apreció aquél infante Gumaro al que le regalé una caja de colores porque no tenía dinero para comprárselos. Me acuerdo que le forré la caja de amarillo y cuando se la di se puso a llorar como esos niños que reciben un regalo de quien menos se lo esperan y cuando tanta falta les hace. Gumaro era de esos niños que llegaban al salón de clases con los ojos rojos. Motivo de una reciente catarsis infantil posllorente de no querer ir a la escuela porque sus compañeritos despiadados como solo un niño puede serlo, se burlaban de sus zapatos negrises con agujeros en las puntas. Pero eso no lo soñé, eso sí pasó en la cruda y tierna infancia de primaria-pública.
Corte directo, laguna mental de tiempo y espacio indeterminado. Yo en el zócalo capitalino, comprando palanquetas con mi hermano. Todavía llevo puesto el uniforme de chicharito secundario y mi hermano lleva un cuerno rojo saliendo de la mollera. La mujer no nos regresa el cambio. Alan se pone nervioso y comienza a gritarle como nunca ha gritado esos gritos ahogados que lleva en la garganta por temor a lastimar a alguien. Entonces se acerca un soldado de la corona británica con uno de esos sombreros gigantescos negros y peludos sobre su negra y peluda cabeza.

Y me dispara justo en la frente, entre ambos ojos. Todo se ve borrosamente blanquecino y yo veo en cámara subjetiva como caigo al piso y veo con mucha más distorsión que una camada de finas y alargadas nubecillas pastan por un cielo azul capitalino inexistente.

No me dolió. No sentí miedo. No hubo sangre. Simplemente lo acepté como si realmente hubiera sucedido. Creo que algo en ese otro universo sí se murió de verdad porque casi nunca escribo lo que sueño, y menos ante una bola de coterráneos cibernéticos como ustedes.

viernes, 8 de diciembre de 2006

alguien ha quitado las cortinas de mi casa


Sentado en la banqueta, deshilándome copiosamente aquella madeja de intrincados cabellos de niño fino, descubrí un nudo enorme, una maraña de tipo único en su especie.

Pacientes días llevaba haciendo uso de manos, desmenuzando pasados de apariencia, decidido a rescatar semillas que aún podian ser rescatadas: granos potencialmente germinables.


Encontré una famélica criatura con ojos transparentes que al verme sonrió con dulzura; era muy parecido a mí, y sorprendióme el hecho de que su morada no fuera otra que aquella capilar y espinosa enredadera que con maestría inigualable cubría protegiendo mi parte más eterna.


Complacido con mi hallazgo, esa idéntica roca luminosa que representaba todo lo bueno que me crece adentro, decidí guardarle y procurarle cuidados.

Hoy descubro, estupefacto, que toda esa nobleza, esa bondad sumisa repleta de amabilidad y ternura que caracteriza la personalidad de un servidor, y que fué encarnada por aquél gran descubrimiento, es aquella mortífera bestia a la que le hube cedido el control de mis actos, la represión de las pasiones, la apariencia mentirosa, repugnante y amable del salvaje y primitivo animal que soy, de ese auténtico yo que se avergüenza de sí mismo, y prefiere subyugarse antes de mostrar ese instinto prístino, agresivo y medular, usando la mejor y más perfecta de las mascaras: la rectitud, la tolerancia, la bondad injustificada y la falsa inocencia.

Apologías si he decepcionado a alguien, pero acabo de descubrir que en esencia no soy ese chico noble y bueno, paciente y mesurado, perfeccionista y apacible que siempre he fingido ser. si ha sido consciente o no, la verdad no lo sé, pero así las cosas no pueden seguir.

Y ahora que descubierta la mentira ha quedado, lo único que se puede hacer es caminar desollado por ese asfalto incandescente, desnudo y sin muchas ganas de comprarme otro disfraz. Supongo que eso es mejor.

Quisiera no suponerlo y estar seguro de ello... dejemos que el tiempo cocodrilo se encargue de ello.