ÚLTIMO REPORTE NE TERRITORIO VISITADO

Paladeando café. Caminando. Dejando que el mundo gire en sentido opuesto al que ambos marchaban incansables por calles poco transitadas y amables. El sol ya estaba muriéndose lento. Algunos dardos de una tarde reacia, agonizante; las puntas de los pinos brillando como espinas doradas. Las agujas de un reloj que no perdonan la hora que sus ancestrales motores han marcado desde tiempos sin memoria. Nada de engaños científicos con husos horarios, con rayitas negras que algún maniático obsesivo trazó con pluma y regla sobre un “mapa” del planeta para llegar pronto a la hora del té.
Sé exactamente qué hora es.
Sé exactamente qué hora es.
Conozco a la perfección los momentos como este.
Así fue como el entorno se vestía de gala. Digno de pláticas sin nombre, como las que sostenían ellos dos. Retroalimentándose con información abstracta sobre las aristas y descubrimientos importantes de cada uno. Las nuevas y pulidas caras y enfoques que tenían sus correspondientes realidades mientras paladeaban gustosamente un vaso de hirviente café, mientras se encontraban pelágicamente incrustados en un océano que no conoce lugares ni horas. Donde las preguntas no existen y donde se exponen respuestas solamente y por innercia. Soluciones a crucigramas geométrico-existenciales y alguna que otra banalidad posmoderna, como los gadgets, por citar cualquier ejemplo.
Se habló sobre las veces en las que te encuentras a una persona en la calle: una de esas entidades humanas a las que el polvo y las ocupaciones rutinarias sepulta cada vez con mayor frecuencia, pero que reaparecen cruzando la calle frente a ti como muertos vivientes, cargando en su espalda todo aquello que ya habías olvidado acerca de ellas y que al momento de reconocerlas, sus atmósferas te invaden con un nocaut que te grita lo que representan y significan para ti, sea esto lo más dulce o lo menos conveniente.
Salió al tema porque en ese momento uno de ellos se dio cuenta de todo. Desde hace no más de un mes (aunque, qué carajos importa el tiempo a estas alturas), había estado soñando o recordando a gente que a los pocos días terminaba encontrándose de manera casual y repentina.
Así fue como el entorno se vestía de gala. Digno de pláticas sin nombre, como las que sostenían ellos dos. Retroalimentándose con información abstracta sobre las aristas y descubrimientos importantes de cada uno. Las nuevas y pulidas caras y enfoques que tenían sus correspondientes realidades mientras paladeaban gustosamente un vaso de hirviente café, mientras se encontraban pelágicamente incrustados en un océano que no conoce lugares ni horas. Donde las preguntas no existen y donde se exponen respuestas solamente y por innercia. Soluciones a crucigramas geométrico-existenciales y alguna que otra banalidad posmoderna, como los gadgets, por citar cualquier ejemplo.
Se habló sobre las veces en las que te encuentras a una persona en la calle: una de esas entidades humanas a las que el polvo y las ocupaciones rutinarias sepulta cada vez con mayor frecuencia, pero que reaparecen cruzando la calle frente a ti como muertos vivientes, cargando en su espalda todo aquello que ya habías olvidado acerca de ellas y que al momento de reconocerlas, sus atmósferas te invaden con un nocaut que te grita lo que representan y significan para ti, sea esto lo más dulce o lo menos conveniente.
Salió al tema porque en ese momento uno de ellos se dio cuenta de todo. Desde hace no más de un mes (aunque, qué carajos importa el tiempo a estas alturas), había estado soñando o recordando a gente que a los pocos días terminaba encontrándose de manera casual y repentina.
El otro le dijo que no era nada de eso. Lo que en realidad sucede es que ambas personas ansían reencontrarse por alguna razón. Quizá esa misma razón excede su voluntad o no pide su permiso. Es el deseo, dijo con orgullo, es ese canal que quedó abierto antes de que dejaran de verse y que quisieron, con la misma intensidad, volver a transitar. Es esa misma banqueta, con ese mismo clima, en esas precisas circunstancias lo que ambos más deseaban y lo que les llevó a reencontrarse. A verse con olfato de reconocimiento. Una cita involuntaria, comentó dando cierre a sus cabalísticas conclusiones de adulto joven y sabio.
Siguieron caminando sobre un asfalto que más bien fluía bajo sus cuatro suelas deportivas. Dos de ellas ya muy gastadas. Las otras casi nuevas (aunque, qué carajos importa lo nuevo y lo viejo a estas alturas). Según un recuento de efemérides, destacaba la independencia que cada uno se estaba ganando a pulso. Era un premio que costaba caro, pero que era un verdadero triunfo para ambos. Cosas tan simples como dormir trece horas al día y desvelarse dieciocho. Lujos incomprensibles como ir a la facultad a tomar sólo las clases necesarias, y sin la necesidad de estar inscrito. La osadía de haber tirado “la tele” por la ventana y sobrevivir ya cuatro meses sin haber enloquecido. En realidad se la obsequiaron a doña mamá, pero no les remordía la conciencia: ella tampoco la veía mucho.
También se tiró mierda. A la gente y al mundo. Pero no a todos. No era cuestión de escupir como caballos desbocados toda esa saliva rabiosa al primer incauto que pasara frente a ellos, sino de enviar misiles de bajo impacto a objetivos bien definidos. A actitudes, personas, circunstancias y días que desgraciada, aunque necesariamente, se hubieran presentado “muy pinches”, como ellos bautizaban a ese suéter mal tejido que era común y corrientemente definido como “un mal día” para la gente que era común y corrientemente definida.
Los semáforos endebles. Autos veloces en avenidas transitadas. Arterias saturadas de glóbulos motorizados, la ciudad estaba a punto de sufrir un infarto. Bueno, quién sabe si a sufrirlo. De sobra sale decir que la ciudad en sí misma es un monje masoquista cuyo amor a dios no se compara con esas periódicas reclusiones monacales en las que se atraca un festín de latigazos que le producen erecciones de concreto reforzado. Dolor y sangre. Sangre y libido. Éxtasis místico con llagas llenas de hemorragias por las que circulan presurosos glóbulos motorizados con destinos etílicos, sensuales y oscuros. La noche cualquiera de un viernes de quincena en la Ciudad de México.
Pero ellos no. Ellos seguían caminando. Por parques irreconocibles y afilados callejones. Cuerdas flojas por las que desfilaba la ausencia disfrazada de gato negro. Ventanas con la luz apagada. El canto de sirenas dolorosas con ojos luminosos en azul y rojo. El disfraz irónico de una ley en un país de chocolate. Que se interprete como se prefiera: hasta eso ambos respetaban bastante lo que cada quien pensara, siempre y cuando se pensara, o se sintiera pero con tal fuerza que el argumento se presentara irrefutable.
Como el caso de la muerte y sus visitas inesperadas, el tema que discutirían durante la siguiente media hora. Y es que de eso casi no se hablaba entre ellos, pero no por imágenes amuralladas de miedo o aversión, sino porque era un tema ya pasado de moda. Y es que la muerte está en todas partes: se duerme contigo, se baña entre tus piernas por la mañana y se te escurre cuando sudas mientras corres, cagas o coges, le dijo el más grande al adulto joven y sabio, en una de sus analogías de (según él) “corte neonaturalista”. Es como cuando no te está gustando la vida pero no puedes ni pensar en suicidarte porque es lo más kitsch que existe y terminas haciendo algo peor, como comprarte un reloj (es abusrdo porque, a quién carajos le importa el tiempo, a estas alturas).
Al último las cuestiones de vida. No es que no fuera importante, pero había qué cerrar el recorrido con un buen sabor de boca, sin humores indefinidos ni nudos sin atar. Se festejó seguir latiendo. Ambos experimentaban un florecimiento como pocas veces en sus vidas antiguas de niños autistas y púberes incómodos. Ahora ya no le temían al misticismo. Respetaban el exceso y se sentían comprensivos con el mundo.
Ráfagas, fluidos abundantes y eternos circundaban su existir, emborrachando dulcemente cada una de sus partes, llevándolos a la totalidad perfecta de un presente que se antojaba suculento con el simple aroma que de él se desprendía. El pasado se había convertido en un panquecito rancio al que rescatadamente se le comió la parte buena pero que fue arrojado a la basura instantes después. No era factible conservar nada de esas cosas.
Siguieron caminando sobre un asfalto que más bien fluía bajo sus cuatro suelas deportivas. Dos de ellas ya muy gastadas. Las otras casi nuevas (aunque, qué carajos importa lo nuevo y lo viejo a estas alturas). Según un recuento de efemérides, destacaba la independencia que cada uno se estaba ganando a pulso. Era un premio que costaba caro, pero que era un verdadero triunfo para ambos. Cosas tan simples como dormir trece horas al día y desvelarse dieciocho. Lujos incomprensibles como ir a la facultad a tomar sólo las clases necesarias, y sin la necesidad de estar inscrito. La osadía de haber tirado “la tele” por la ventana y sobrevivir ya cuatro meses sin haber enloquecido. En realidad se la obsequiaron a doña mamá, pero no les remordía la conciencia: ella tampoco la veía mucho.
También se tiró mierda. A la gente y al mundo. Pero no a todos. No era cuestión de escupir como caballos desbocados toda esa saliva rabiosa al primer incauto que pasara frente a ellos, sino de enviar misiles de bajo impacto a objetivos bien definidos. A actitudes, personas, circunstancias y días que desgraciada, aunque necesariamente, se hubieran presentado “muy pinches”, como ellos bautizaban a ese suéter mal tejido que era común y corrientemente definido como “un mal día” para la gente que era común y corrientemente definida.
Los semáforos endebles. Autos veloces en avenidas transitadas. Arterias saturadas de glóbulos motorizados, la ciudad estaba a punto de sufrir un infarto. Bueno, quién sabe si a sufrirlo. De sobra sale decir que la ciudad en sí misma es un monje masoquista cuyo amor a dios no se compara con esas periódicas reclusiones monacales en las que se atraca un festín de latigazos que le producen erecciones de concreto reforzado. Dolor y sangre. Sangre y libido. Éxtasis místico con llagas llenas de hemorragias por las que circulan presurosos glóbulos motorizados con destinos etílicos, sensuales y oscuros. La noche cualquiera de un viernes de quincena en la Ciudad de México.
Pero ellos no. Ellos seguían caminando. Por parques irreconocibles y afilados callejones. Cuerdas flojas por las que desfilaba la ausencia disfrazada de gato negro. Ventanas con la luz apagada. El canto de sirenas dolorosas con ojos luminosos en azul y rojo. El disfraz irónico de una ley en un país de chocolate. Que se interprete como se prefiera: hasta eso ambos respetaban bastante lo que cada quien pensara, siempre y cuando se pensara, o se sintiera pero con tal fuerza que el argumento se presentara irrefutable.
Como el caso de la muerte y sus visitas inesperadas, el tema que discutirían durante la siguiente media hora. Y es que de eso casi no se hablaba entre ellos, pero no por imágenes amuralladas de miedo o aversión, sino porque era un tema ya pasado de moda. Y es que la muerte está en todas partes: se duerme contigo, se baña entre tus piernas por la mañana y se te escurre cuando sudas mientras corres, cagas o coges, le dijo el más grande al adulto joven y sabio, en una de sus analogías de (según él) “corte neonaturalista”. Es como cuando no te está gustando la vida pero no puedes ni pensar en suicidarte porque es lo más kitsch que existe y terminas haciendo algo peor, como comprarte un reloj (es abusrdo porque, a quién carajos le importa el tiempo, a estas alturas).
Al último las cuestiones de vida. No es que no fuera importante, pero había qué cerrar el recorrido con un buen sabor de boca, sin humores indefinidos ni nudos sin atar. Se festejó seguir latiendo. Ambos experimentaban un florecimiento como pocas veces en sus vidas antiguas de niños autistas y púberes incómodos. Ahora ya no le temían al misticismo. Respetaban el exceso y se sentían comprensivos con el mundo.
Ráfagas, fluidos abundantes y eternos circundaban su existir, emborrachando dulcemente cada una de sus partes, llevándolos a la totalidad perfecta de un presente que se antojaba suculento con el simple aroma que de él se desprendía. El pasado se había convertido en un panquecito rancio al que rescatadamente se le comió la parte buena pero que fue arrojado a la basura instantes después. No era factible conservar nada de esas cosas.
Supongo se preguntarán sobre el futuro…
¿a quién carajos le importa el futuro, a estas alturas?
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No sé si haya futuro. FRUTuro, diría yo.
Por el momento este espacio va a quedar en silencio.
Hay varias razones.
Yo quiero dárselas.
Las razones claro está.
Hace ya algún tiempo que cerré mi cuaderno color vino, el de pasta dura y manufactura carioca. Era usual con mis anteriores libretas, acabarme las hojas atiborradas de tinta y mensajes de grafito en los que se intercalaban devaneos, planes, reflexiones baratas, cursilería, dibujos y listas de supermercado; odas al amor, a la vacuidad y a ideales elevados y pasados de moda; unas fotos pegadas y esbozos de cuentitos y poesía de chapoteadero. Mi “Manifiesto Posmoderno” que se evaporó con el licor que le cayó encima, haciendo chorrear la tinta que escribí lleno de soberbia, se encuentra disuelto en las hojas de ese cuadernillo cualquiera. Mis días más oscuros y la radiancia de artificiales paraísos alquímicos coexisten en esos trozos rectangulares de celulosa blanca. Mis besos y mis gargajos “pour le monde”.
Un día de nubarrones con calor en la mañana, humedad al mediodía y viento fuerte por la noche, decidí que no volvería a escribir más ahí. Fue uno de estos días de cuatro estaciones que últimamente desquician a muchos citadinos, cuando cerré la libreta con varias hojas en blanco y la metí en el último cajón del escritorio. Así, sin final, con varias páginas desnudas, haciendo filas, como jovencitas sin pudor ni vergüenza esperando un “desvirgante” momento que no iba a llegar nunca. Así de frustrante para ellas. Para mí no pudo ser más definitivo.
Y es que somos todos una rueda. Un perrito de baja estirpe que se persigue su propia cola, girando con gracia e inquietud. desesperación y dosis chiquitas de rabia contenida, tratando de morder el anzuelo que la vida le puso enfrente cuando no tenía nada mejor qué hacer. Pero un buen día, aquél perrito de baja estirpe logró atraparse aquél escurridizo y peludo rabo, ese alter ego canino que todos quisiéramos asir con más frecuencia para comprender por qué y para qué seguimos con lo que seguimos, e interrumpimos cosas como la que yo ahora mismo estoy a punto de clausurar.
Cerrado el ciclo, los colmillos llenos de pelambre, es necesario soltarme el rabo y pasar a otra cosa. Quizá sea hora de comer croquetas, o tal vez buscar alguna pulga revoltosa que me esté armando manifestaciones de escozor y comezón en las costillas, como lo que sucede con las huelgas y los plantones en este lindo Distro Federal. Como esa sensación en la nuca que sentí cuando me di cuenta que ya era hora. Aunque, a estas alturas, ¿a quién carajos… bueno, ya saben.
Si. Spacemunky ha terminado su misión. Lejos han quedado sus hazañas proféticas y sus monumentos intangibles. El pasado es un panquecito rancio del que se come la parte buena pero al que, irremediablemente, pues, bueno, también ya todos saben qué sucede después. Es necesario un poco de silencio algunas veces.
Yo ahora mismo tengo la necesidad de callarme la boca con todos ustedes. Quiero un día verlos a los ojos sin decir una sola palabra y poder saber lo que cada uno de vosotros estará diciéndome. Quiero ser cada vez más real. Más auténtico. Como un camarón hervido que está a punto de arrancarse la coraza para exponerse, mostrarse tal y como es. Spacemunky ha hecho un excelente trabajo, pero ya me toca a mí y lo mandé de vacaciones a otra galaxia. Se las merece. Y yo merezco las consecuencias de una decisión de tal naturaleza.
Yo decreto el silencio.
Es hora del luto repentino y voluntario.
Es tiempo ya de comprarme un cuaderno nuevo.
La verdad es que aunque no nos importe el tiempo, a estas alturas sabemos reconocer cuando las maletas se nos presentan en sueños premonitorios; distinguimos cuando llegamos a una esquina y es momento de dar la vuela para caminar en otra dirección. Así es con todo. Con esto también es así. Sensaciones encontradas. Desconcierto. Entras al túnel con una vela nada más.
Gracias. Pues no sé por qué. Pero gracias, de verdad muchas gracias.
Ahora me toca a mí.

Ya les diré cuando me sea necesario romper el silencio y empezar de verdad.
Silencio.
Silencio.
Silen…
…
Nadie dentro.
Madrugada.
Calle desierta.
Un auto.
Humedad.
Portezuela abierta.
En plena avenida.
Las intermitentes prendidas.
Nadie.
Aquí se acaba esto.
Lo demás.
Silencio por el momento. Y por todos los momentos también.
Lo demás ya comenzará.
¡Salud!
Saludos y adioses a todos.
3... 2... 1...
DESPEGUEN