LE RITUEL DE LA BIGARADE
Mi fruta favorita es la toronja. Me gusta porque es muy complicada. Me gusta porque se debe comer despacio, con elegancia, con mucha categoría. No es como agarrar una sandía y devorarla con mordidas gigantescas, no como tomar una cereza y engullirla con cierta complicidad acarminada. Tampoco es como pelar un mango o una mandarina. Con una toronja es importante sentarse derecho, estar bien calladito y disponerse a conquistarla de manera tranquila, pero constante y harto meticulosa. A las toronjas no les gusta que uno se ría mientras se las comen, son chicas muy susceptibles. Les gusta capturar toda tu atención y más te vale asegurarte de que ellas sepan que las disfrutas inmensamente, ya que de lo contrario, pueden amargar tu próximo bocado, o rehusarse a soltar uno de sus tan preciados y carnosos gajos.Húmedas por naturaleza, corpulentas y con un disfraz altamente resistente a las inclemencias y a los malos humores del universo, las toronjas son muy cuidadosas al momento de escoger a su verdugo y comensal. Porque he de decir que no somos nosotros quienes decidimos comerlas: son ellas, con su exquisitez y su incomparable buen gusto, quienes se encargan de “depredar a su depredador”. Solamente seleccionan los paladares más finos, capaces de apreciar en su totalidad ese sabor casi dulce, casi amargo y altamente cítrico. saben perfectamente que no pueden agradarle a todo el mundo, y por ello somos privilegiados los que podemos degustar manjares tan especiales como estos.
Es entonces cuando, al terminar de partir con un filosísimo cuchillo de plata, uno debe conseguir una cuchara milenaria del mismo metal o en su defecto, de alguna aleación que no contenga cobre. Es importante considerar que la parte principal de la cuchara, el receptáculo cóncavo con el que se toman los alimentos, debe tener la peculiar característica de contar con un borde fino y muy delgado, de manera que pueda penetrar fácilmente entre la piel de cada gajo para que este se desprenda con facilidad. Las toronjas son amables y agradecen mucho que te las comas como a ellas les gusta, sin embargo, de no ser así, las consecuencias pueden ser difíciles de olvidar: no se tome la molestia de usar una cuchara común y corriente pues sólo conseguirá que su toronja se enfade y amargue todo su jugoso contenido, independientemente de aferrar su fibras gájicas a la pulpa de cada capullo, provocando que estos se desmoronen y derramen toda su sangre antes de que uno pueda sacar entero uno solo de ellos. Esta actitud kamikaze de desangrarse antes de bien morir (con el uso del instrumental adecuado) es perfectamente normal en todas las toronjas, así que no debe sorprendernos.
Perdonados sean todos aquellos que se atrevan a exprimir una toronja, como si fuera cualquier limón o cualquier naranja, pero que sean castigados con el peor de los tormentos todos aquellos que pretendan comerla con tenedor; no pretendo desprestigiar a tan preciadas y suculentas frutas, pero definitivamente la toronja es una clase aparte, un fruto difícil de convencer, pero que al conseguirlo, dota a su predador de un momento sumamente agradable.
Como fruto lleno de misticismo y poseedor de un rito sumamente especial al momento de ingerirla, la toronja no es una fruta que pueda comerse todos los días. No es como quitarse el hambre con un plátano (reiterando el respeto que siento por él), puesto que a la toronja no se le puede ingerir por hambre; tampoco por ocio como las galletas o el pop corn mientras miramos el televisor. Se necesita una actitud particular, un estado de ánimo especial que nos señala la urgente necesidad de que una toronja aparezca en nuestras vidas, se desprenda oportunamente de algún árbol o cautive nuestra vista con su eterno aspecto de mejilla sonrojada.
Sólo cuando hay una afinidad espacio temporal y energética en nuestra propia realidad, es cuando en nuestro camino se aparece una toronja, coqueteando con insistente sutileza, retándonos, amenazando nuestro orgullo, nuestra virilidad. Quiere ver qué tan capaces somos de comérnosla como debe ser, que tan aptos somos de conquistarla.
Sabemos que no es una tarea fácil, pero vale la pena correr el riesgo. Supongo que por ello las toronjas tienen una estrecha relación kármica con las mujeres; porque hay de todos los hechos, uno innegable y por todos sabido: las toronjas son la reencarnación de seres exclusivamente femeninos. para probar uan toronja hay que conquistarla, comerla es como hacerle el amor, es donde ella se entrega a plenitud, sin ningún tipo de reservas. Esto se logra siendo noble, humilde y bastante decidido, rayando en la osadía pero siempre con caballerosidad. Y el objetivo siempre es el mismo: disfrutar por un eterno instante la sutil y agridulce caricia orgásmica que una toronja puede provocar en nuestro paladar, eso sin contar con la infinita gama de beneficios que puede proporcionarle a nuestra vida. por eso digo que las toronjas son idénticas a las mujeres.



