martes, 5 de junio de 2007

EL MOMENTO CARTA BLANCA



Salgo a las calles y nada ha cambiado. Todo sigue exactamente igual. Realmente hay momentos en los que me pregunto si verdaderamente haya un mundo alucinante esperándome allá afuera. Porque yo en estos días no he visto nada deslumbrante.

Comienzo a dudar, nuevamente, acerca del progreso que dicen que he mostrado en los últimos meses; la mayor parte del tiempo procuro no voltear hacia atrás y taparme los ojos cuando mi cabeza gira hacia adelante. Pero no siempre es tan fácil. Y cuando me descubro a mí mismo mirando el futuro en la rendija de dedos que tengo sobre el rostro, y me atrevo a girar la cabeza a mis espaldas, descubro con horror que me encuentro exactamente en el sitio en el que hube comenzado desde que tomé la determinación de no preocuparme por el tiempo.

Me veo completamente estático, inmóvil de pie en medio de una calle transitada de la Ciudad de México, viendo cómo todos a mi alrededor corren, envejecen, ganan amigos y mueren de manera repentina. Y yo sólo estoy ahí, viendo todo lo que pasa, como si fuera un poste de luz protegido por una alambrada de hierro reforzado: así, sin cambio aparente, sin un día muy diferente del anterior ni del de mañana.

Eso me entristece mucho. Significa que no he obtenido la capacidad de observar con detalle y objetividad esa revolución que ocurre en los lugares de afuera y también en los de adentro, los que son míos. Significa que estoy perdiendo nuevamente la confianza que ya empezaba a ganar sobre el sentido del ser y el estar aquí, respirando gas carbónico todos los días.

Y bueno, a eso hay que agregarle la irrefutable verdad de que sigo sin saber lo que va a suceder con mi vida… en los próximos cinco minutos y en los próximos cinco días, y en los próximos cinco años. Es cierto que nadie sabe lo que puede pasar con su vida en un futuro, pero por lo menos tienen un foco, una meta hacia la cual están nadando un poco todos los días o a la que le dan la espalda de vez en vez, cuando se les antoja organizar una rabieta porque las circunstancias impiden que sus planes se ejecuten al pie de su letra y voluntad… yo por muchas (rabietas) que haga, termino siendo el mismo corcho a la deriva en un mar de posibilidades, dejando que la marea me azote y que el sol curta mi piel, dejando que la sal y el oleaje determinen mi tiempo y mi destino, que por supuesto ignoro de manera abrumadora.

He de confesar que, cuando te vuelves corcho, ciertas cosas se vuelven más fáciles de sobrellevar: verdaderamente he llegado a puntos en los que no me preocupa en absoluto saber qué hago, que haré, qué hice y qué debo hacer. Pero en otras ocasiones, como esta por ejemplo, simplemente se acaba la confianza, se evapora el gusto por la incertidumbre y es cuando viene la crisis y me convierto en poste verde bandera en alguna callejuela del Centro Histórico, viendo con angustia cómo circula la vida de los demás, mientras que la mía…

La mía sigue siendo un juego. Sigue siendo un absurdo en el que nada tiene sentido.
Mi vida es como la hora del recreo prolongada a dimensiones que pueden rayar en el hartazgo. Es el corte para salir a comer durante el rodaje de alguna película famosa. Es el chapoteadero de algún club deportivo cuando es muy temprano y los niños todavía no se meten a nadar. Mi vida son las horas muertas en la estación de autobuses.

Mi vida soy yo haciendo un viaje trasatlántico en avión: en ese lapso de tiempo, dejas de existir para la gente… ¿sabes por qué? porque mientras vuelas a kilómetros del suelo (o del mar), en cierto modo has dejado de existir para la gente que despides en el aeropuerto, y sin embargo, para los que van a recibirte del otro lado del mundo, todavía no existes porque todavía no llegas; es así como te conviertes en un recuerdo o en una expectativa, pero fuera de eso, simplemente has desaparecido, por lo menos hasta que llegas a tu “destino”.

Claro, ya entendí: estoy de vacaciones de mí. Me dije adiós en el aeropuerto y todavía no llego al otro lado, no me he dado la bienvenida del otro lado del charco… sigo volando…


¿y saben algo?



Tengo el presentimiento de que:

a) Allá en cielo, me he convertido en terrorista y me puse al mando de la tripulación, llevándome al avión y a toda su gente a un destino desconocido.

b) Mi vuelo se atoró en el Triángulo de las Bermudas y que el vórtex ya me mandó a otra dimensión.

c) Quizá simplemente caímos en altamar y al contacto con el agua me convertí en corcho, y estoy divagando en medio del océano azul infinito.



A final de cuentas, haya pasado lo que haya pasado conmigo, cualquiera de las tres opciones es mejor que la de llegar a mi destino, a ese destino putrefacto y predecible del que definitivamente preferí escaparme antes de volverme lo que nunca he querido ser.




Ok, todo resuelto.


Sigo sin saber ni qué pasó ni qué pasará conmigo.


Si, eso simplemente me fascina.


Sólo era una cuestión de enfoque.


Lo que pasa es que luego me paniqueo un poquito.


Pero sí, todo bien.

1 comentario:

Anónimo dijo...

me he reido como pocas veces con este post. Por qué estas usando páginas de mi diario personal nunca escrito y mejorandolas hasta un grado novelezco para hablar de tu vagancia en la vida?

Bueno, no es reclamo, quise decir que me siento identificada. La vida es un naufragio.

pero yo, en lugar de corcho, soy un junco en medio de un pantano, que se mueve quiza un poquito, empujado por el viento, aunque sigue y seguirá clavada en donde están sus raíces, empantanadas, sin avanzar. ... ouch.