sugerencias prácticas para el óptimo aprovechamiento del maíz palomero

Soy el grano de pop corn que cayó de la bolsa sin haberse cocinado. Prendiste el horno, ajustaste el cronómetro, los otros empezaron a cocinarse, a estallar sin control, ayudados por las microondas y el oro incandescente de la mantequilla sintética.
Yo me atreví a salir de bolsa por motivos que no comprendo por completo. Supongo que lo hice para llamar tu atención, para que notaras el color ámbar de la piel, y corroboraras mi dureza, un grano de buena calidad.
El cronómetro llegó al cero, la guerra de maíz con todo y sus explosiones blancas terminó, y no hiciste otra cosa sino sacar el saquito de papel, hinchado de ilusiones que masticaste sin cesar con tus muelas llenas de amalgamas plateadas.
Me quedé en el horno esperando a ser cocinado. Tenía el tiempo y la disposición para ser digerido por tu estómago incesante, degustado y deglutido.
Creo que olvidar un grano de pop corn en el horno no se hace. Así que por ello te pido que definitivamente me cocines y me ingieras, o que limpies tu horno y saques todo lo que ya no sirve. No puedes dejar a un grano de pop corn sin cocinar, frío y sin aprovechar su potencial.
Regálame a las palomas gordas de la iglesia más cercana; prende el horno a todo lo que da y carbonízame, o mejor, si aún es posible, cocíname y devórame, pero no me abandones en el horno, por favor no lo hagas.
Y no es que no sepa leer entre líneas: es estúpidamente obvio que al no recibir noticias tuyas, la amnesia te atacó de nuevo, y te cansaste de jugar, una vez más, conmigo. Lo acepto bajo protesta, sin embargo, siempre lo he dicho, me encanta que me escupan a la cara las cosas de un modo claro, doloroso y harto convincente. Te invito a que lo hagas, por la poca salud mental que estoy dispuesto a conservar, digamos que no la necesito pero nunca está de más. Gracias.
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